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¿Por qué es adictivo competir?

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Supongo que muchos de los que leéis este artículo, en alguna ocasión habéis hecho más competiciones de las debidas, dejándoos llevar por ese “vicio” de participar en cuantas más carreras y triatlones mejor aún sabiendo que no vais a ganar. Te preguntarás, como es posible que algo que te produce nervios y sufrimiento te llegue a enganchar tanto. Y seguramente que en algún momento de la preparación o de la misma competición te habrás dicho “quien coños me mandaría a mi meterme en estos “fregados”, pero una vez se cruza la línea de meta, ya te estás preguntando cuando es la siguiente y a veces se repite a las pocas semanas sin apenas respiro para recuperar.

Para comprender mejor este impulso que nos incita a competir cuanto más mejor, os pondré en situación, haciendo un peculiar y divertido recorrido cronológico:

AÑOS ANTES (si procede): sentimos admiración al ver todos esos triatletas que consiguen sus retos, ya sean profesionales o populares, despertando en nosotros el sueño de poder llegar a hacer lo mismo algún día, con lo cual empezamos a dilucidar cuales serán las competiciones que queremos realizar, disfrutando de esos momentos en los que investigamos por internet o hablamos con los amigos de lo que vamos a preparar.

MESES ANTES: tener una competición establecida predispone a cumplir los entrenamientos marcados que en muchas ocasiones pueden resultar monótonos y repetitivos, sobre todo si no contamos con un entrenador cualificado. Al tener la competición en el punto de mira, hace que seamos más disciplinados y ordenados en todos los sentidos: a la hora de entrenar, a la hora de alimentarnos y a la hora de trabajar, notando que rendimos más en nuestro día a día y nos encontramos más a gusto, salvo en casos obsesivos en los que el triatlón llega a eclipsar todo lo demás convirtiéndose en algo patológico y enfermizo.

SEMANAS ANTES: parece como si en nuestros pensamientos no hubiera otra cosa que el día de la prueba, pensamos que estamos entrenando poco y esto erróneamente nos lleva a entrenar más para calmar los nervios y sentir que estamos haciendo lo correcto. Parece que podemos con todo y sacamos tiempo para entrenar de donde sea, aunque ello implique quedarse sin comer, darnos un madrugón o llegar a las tantas a casa. El cuerpo nos predispone para el “día de la batalla” y segrega más hormonas del estrés (cortisol, adrenalina…) que nos adaptan a la situación, pero si se prolonga mucho en el tiempo, nos agota, por lo que hay que distribuir y programar muy bien los entrenamientos, contando a ser posible con los servicios de un entrenador profesional.

DÍAS ANTES: la adrenalina casi la mascamos, haciendo incontrolable el pensamiento continuo a cerca del triatlón a disputar. Nos surgen dudas sobre si habremos entrenado lo adecuado y muchas veces nos dejamos llevar realizando entrenamientos más largos y exigentes de la cuenta, en lugar de respetar un marcado descenso de la carga de entrenamiento. Sentimos entusiasmo porque ya queda poco para el gran día, pero a la vez la ansiedad nos corroe por dentro e impide que pensemos con nitidez, produciéndose lo que yo llamaría una situación de embriaguez precompetitiva que hace que te olvides del mundanal ruido, dejando de lado todos los problemas cotidianos. Son unos días claves, en los que si bien, no vamos a mejorar nuestra forma física, si que van a ser decisivos para ir preparando todo lo necesario para el “Día de”.  Descuidar alguna cosa nos puede echar al traste todo el trabajo anterior, así que los ejercicios de relajación y control respiratorio en estos días serán de gran ayuda para contrarrestar la tembladera mental que tenemos. En este sentido sería ideal contar con los consejos de un buen entrenador que nos sirviera de apoyo, pudiéndole consultar dudas que nos permitan desahogarnos, además de programar adecuadamente una buena estrategia nutricional y de carrera, procurando no dejar nada en manos de la improvisación.

HORAS ANTES: nuestros sentidos están al máximo de sus facultades, como si nos fuesen a llevar al matadero; notamos más o menos incertidumbre, lo que dispara el corazón a mil, aún estando en reposo, nos tiemblen los dedos al poner el dorsal en la cinta elástica o tengamos más ganas de ir al baño para aligerar peso, literalmente ¡nos cagamos!

COMIENZA LA PRUEBA: sentimos liberación por haber llegado a la línea de salida con todos los preparativos en orden y los deberes más o menos hechos. Comienza la batalla y por delante tenemos un duro combate en el que buscaremos vencer a los elementos: mar (natación), aire (bici) y tierra (carrera). Sensaciones de euforia, sufrimiento y agonía se van alternando a lo largo del recorrido y a veces nos hacen ir más rápidos, pero en otras ocasiones nos invaden pensamientos de abandonar la prueba. Exprimimos al máximo nuestro físico y nuestra mente, de manera simultánea, y llevamos la maquinaria de nuestro organismo al tope de sus posibilidades, sintiendo cosas que de ninguna otra manera podríamos llegar a experimentar.

LLEGADA A META: cruzamos esa línea anhelada que nos traslada a otra dimensión y nos invaden sensaciones confusas, por un lado de satisfacción por haber llegado, y por otro lado de cansancio extremo, que al estar invadido de endorfinas mitigan todo los dolores. Además se produce evaluación inmediata por el tiempo y/o puesto realizado que nos puede obnubilar las demás sensaciones, ya sea por insatisfacción (al no conseguir lo esperado) o de alegría extrema de conseguir el objetivo buscado.

DÍAS POSTERIORES: todas las sensaciones vividas durante los entrenamientos y las competiciones se convierten en experiencias místicas, con las que se podrían escribir un libro lleno de anécdotas, incidencias, pormenores y un sin fin de batallas vividas. Esto hace que hablemos incesantemente de lo vivido en la carrera, con los familiares y amigos, sobre todo en esos días posteriores en los que rezumamos endorfinas. Con el paso de los días, volvemos a la normalidad y esto hace que tengamos necesidad de volver a competir, convirtiéndose en una droga dura, y si abusamos de ella nos pasará factura y por eso hay que dosificarla y distribuir estratégicamente en la programación anual que hagamos con nuestro entrenador, quien no solo planeará adecuadamente los picos de forma, sino que verá las cosas de una manera objetiva y marcará las competiciones justas y necesarias, ni más ni menos, aunque seguramente que te parezcan escasas.

Como habréis podido “sentir” leyendo este artículo es que las competiciones nos invaden de sensaciones dispares, que no conseguiríamos de ningún otro modo y ello implica que sean extremadamente adictivas, pasando de un cierto odio a un amor incondicional, que en algunos triatletas, les altera de tal manera que viven, solo y exclusivamente para competir, algo de lo que deberemos huir, y más aún si tenemos en cuenta que el 99,9 % de los leáis esto no sois profesionales de este deporte.

Espero no haber sido pesado e imagino que os haya llevado a una reflexión necesaria que pocas veces hacemos ya en la mayoría de los casos, actuamos como el burro que va detrás de la zanahoria que tiene atada encima de la cabeza, y solo nos dedicamos a nadar, pedalear o correr sin pararnos a pensar que las competiciones están bien pero como todo lo bueno, si es breve (en menor cantidad) será dos veces bueno (lo disfrutaremos muchísimo más).

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About Author

Miguel Ángel Rabanal

León, 1979. Ldo. en Ciencias de la Act. Física y el Deporte. Postgraduado en Masaje y Osteopatía en Pekín por la Asoc. Médica China. Experto en Dietética y Nutrición Humana por la Univ. de León. Entrenador Nac. de Atletismo. Entrenador Sup. de Natación. Director Dep. de Ciclismo. Juez-Arbitro de Triatlón. Preparador físico de triatletas, corredores (trail y asfalto), ciclistas, nadadores,... Más de 15 años de experiencia como entrenador. Director de las Escuelas de Running y Triatlón "Intelligent-Interval" con sedes por toda España. Asesor-redactor de varias web deportivas y revistas de prestigio como Sport Training y Sport Life.